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Mis cuentos...

Home | Unik´os: patchwork y mucho más

 
Te presento uno de mis cuentos. Elegí éste porque tuve el coraje de presentarlo en el Concurso Nacional de Cuento de la Revista Paula en el año 2001 y fue escrito en un momento muy importante y de grandes cambios en mi vida por ahí en el año 93-94 . Más adelante iré agregando otros más...
 
¡ Tómate un par de minutos y léelo ! Te va a gustar...


EL ESCAPE
 
 
    Faltaban aún bastantes detalles por dibujar del lujoso vestido de la dama antigua. Mi bloc de apuntes de teatro, que también uso para  realizar bocetos  de vestuario de época, se estaba quedando casi sin hojas y justo cuando me di cuenta, se apagaron las luces de la sala donde me encontraba. Como un auto que salía a toda velocidad de un túnel, la claridad se fue perdiendo en las salas siguientes hasta que el pesado sonido de dos puertas cerrándose me dejó completamente a oscuras. Por un instante estuve parada sin moverme.  Daba lo  mismo tener los ojos abiertos o cerrados porque no se veía nada.
 
    Mi primer pensamiento lógico  fue correr hasta la entrada, golpear y gritar hasta que alguien, si todavía no se habían ido todos, llegase a salvarme, Sin embargo, algo me decía que sería mucho más  interesante pasar la noche en el Museo de Bellas Artes.  Seducida por esta idea decidí acercarme a una esquina y sentarme en el piso a descansar un momento. Mis pupilas ya se habían dilatado lo suficiente como para definir algunos bordes y contrastes. Esperé un buen rato antes de empezar a circular por el museo.
 
    Pese a que la puerta principal del recinto estaba cerrada, logré comprobar que las puertas que comunicaban las distintas salas entre sí sólo tenían picaportes y que no estaban con llave. Pude salir a las demás dependencias y pasear a mis anchas por donde me diera la gana. Extrañamente, la caseta de vigilancia estaba vacía y no topé con ningún nochero ni nada parecido.
 
    Volviendo a la sala llamada Pintura Tradicional Chilena , donde inicialmente había quedado "encerrada" , me quedé de una sola pieza al notar sombras en movimiento. " Son los espíritus " pensé. Pero no eran tales, sino algo aún más raro: frente a mí la Viajera de Camilo Mori, y a la izquierda, la mujer de La Carta de Pedro Lira.
 
-        No te asustes- dijo la Viajera -.  Somos lo que piensas.

-      ¿Qué estaré pensando yo? Sólo  pueden ser  alucinaciones.  Debo estar   
volviéndome loca.

-      ¡No! Otra cosa... - siguió.

-      Todo es un sueño.  Sería lo más atinado...

-      Tampoco- insistiendo - lo primero que pensaste.
 
-      ¡Ajá!  Seguramente han huido de sus respectivos cuadros, ¿no?  
          
-       Algo así...   

-       Entonces sucede que estoy teniendo una conversación con las obras quizás más famosas de los maestros Lira y Mori.
   
 -     Ahí te equivocaste querida- intervino al fin la de La Carta -, Ella es Matilde y yo  Gervasia. No somos las señoras de las pinturas.
 
 
    Todo era muy confuso para mi entender. Yo debería estar a lo menos asustada. Pero por el contrario, vi  con gran asombro que en realidad ninguna de nosotras sentía ni vivía la situación como algo inusual. Entonces decidí alejar los pensamientos racionales que pretendían confundirme y me entregué al momento dejándome llevar por estos personajes salidos de sus cuadros, como si fueran parte de un juego virtual más, pero por lo visto, real.
 
    Seguimos hablando. Nunca  preguntaron nada acerca de mi persona. Sólo se referían a ellas y a su mundo. Me contaron una fantástica historia acerca de un sindicato el cual establecía los turnos de salida a los retratos. Hoy les tocaba a ellas. Siempre andaban juntas.  Nunca habían logrado pasar al resto del museo y querían hacerlo. Dijeron necesitar de mí.  Por su explicación entendí que estos entes no podían mover sus miembros.  Se desplazaban dando ridículos saltitos.   En especial, Matilde - La Viajera -, se veía muy anormal haciéndolo sobre sus muñones; pues como la habían pintado sentada, le faltaba la parte inferior de sus piernas. La otra en cambio, al aparecer de espaldas saltaba siempre hacia atrás. Me di cuenta también, que si uno las observaba por un costado tenían el grosor de una tela . No perdían su condición   bidimensional.  Además, sólo se podía ver su lado pintado sobre el lienzo, de manera que a Gervasia no se le veía la cara ni a Matilde su parte posterior.
 
    Todo lo que querían de mí era que les abriera la puerta.  Me invadió una sensación de pena   al pensar que algo tan simple como mover una mano, podía significar tanto para  ellas. Después me sentí como un Dios, pero lueguito me dio vergüenza...
 
    Mientras nos dirigíamos a la salida, Matilde me preguntó si podía llevarla sobre mis hombros durante el paseo. Debido al problema de sus piernas se cansaba mucho.  Obviamente accedí.  Avanzamos muy lentamente, ya que estaban emocionadas contándome cosas de sus vidas.

-      La gente no se imagina lo que pasa por dentro- Gervasia utilizó un tono de voz como quien está dispuesto a iniciar un largo discurso - Yo por ejemplo, tengo un rostro muy poco agraciado y ni siquiera Pedro lo sabe.  En la parte escondida del cuadro existe otro mundo. Todos creen ver en la dama que represento a una mujer ensimismada leyendo una carta amorosa o algo parecido, ¿ no es cierto?

-      Eso es lo que al menos yo veo... En cuanto a los demás, pienso que les
debe suceder más o menos lo mismo...

 -     ¡ Pues no es así! ¡ Soy yo la que vive en esa figura sin vida ! ¿ Y sabes qué es lo que me  rodea ? ¿ Lo que vivo día tras día desde que el señor Lira dio  su última pincelada ?   
    
-      No , mujer ... ¡cuéntame por favor!- agregué con curiosidad y en tono casi histérico.

-      Bien... En el patio de mi casa, a la derecha, hay un perro atado a una columna ladrando sin cesar. Y un poco más atrás, balanceándose en una mecedora,   una tía mía que, desesperada saca pedazos de pan viejo de una bolsista guardada bajo el sobaco y los arroja tratando de callar al maldito.  Pero nada, él sigue eternamente... Estamos condenadas a esta tortura, de la cual...

-     Yo en cambio- se apresuró a interrumpir Matilde en su ansiedad por tomar la palabra -, por no tener tías   ni animales, me ha tocado aguantar en mi vagón a un individuo del asiento de enfrente que me mira con deseo y me dice cosas soeces. Son muchos años oyendo una y otra vez las mismas estupideces por su parte.  Si tan sólo Camilo hubiese pintado a la Viajera con el ceño fruncido quizás no sería tan atractiva para ese tipo  vulgar.

-     ¡Oigan esto es una locura total! - grité  -.  Yo siempre había analizado las cosas desde otro prisma y de pronto... 
          
-     Te decepcionas, ¿eh?- sugirió irónicamente Gervasia.

-     No, es que...

-     Gervasia no seas  así...  Mira, - dirigiéndose a mí -, estos señores pintores cuando nos crean nos imponen una imagen y un espacio, pero no se les ocurre pensar que desarrollamos nuestra propia personalidad y mucho menos advierten la existencia de cosas y hechos que escapándose de sus dominios nos hacen sufrir...

 -    ¡ Ciertamente!- apoyando muy convencida la otra.

-     ¿ Y los demás cuadros?- inquirí de manera suspicaz.

-     Igual - siguió Matilde -.  Te puedo citar a los personajes de los impresionistas: el sindicato les ha prohibido terminantemente salir de sus moradas porque lo ven todo borroso y cuando andan por ahí, causan verdaderos estragos cada vez que chocan con los marcos.  Como si fueran un terremoto. No es justo tener que permanecer encerrado toda la vida a causa de las caprichosas " manchitas" de un pintor presumido, ¿ no te parece?

-     Ya está bueno, no todos tendrán vidas tan dramáticas y sufridas me imagino...

-     Todos sin excepción- retornando de nuevo al turno su amiga -.  No pudiendo elegir lo que queremos ser y obligados a representar algo que no somos, es inevitable crear en el interior paisajes sórdidos y situaciones funestas ¿Qué mayor sufrimiento, sino estar atados a un tiempo y situación que permanecen inalterables?

-    Salvando las conversaciones del público, sus a veces tontas caras de admiración y nuestros ocasionales paseos, todo lo demás es un verdadero suplicio- agregó la compañera.
 
-    Pienso que es algo así como el cine.  Se ve una cosa, pero la realidad tras las cámaras es otra-  dije, convencida de una verdad casi filosófica  tratando de quedar a la altura .
 
-   ¿Quién es cine?- preguntó Gervasia con extrañeza.

-    Debe ser algún cuadro que no conocemos, ¿ verdad?- se apresuró a deducir Matilde.
 
 
    Por estar algo distraída en ese momento, mi frente golpeó contra la dura madera de la puerta.  Habíamos llegado a la salida de la sala.  Noté una extraña vibración en sus chatas siluetas.  Parecían un tanto nerviosas.  Gervasia deseando ser la primera en ver lo que había al otro lado , se colocó frente a nosotras y empezó a gritar: " Queremos salir, queremos salir". Solidarias y en tono casi de protesta callejera nos unimos a su canción y de ese modo nos dispusimos a iniciar nuestra gran hazaña.  Mi mano abrió el picaporte.

 
     Las llevé por todas partes cual guía especializada. Mi precario conocimiento acerca del arte, no me impidió explicarles como mejor pude lo expuesto y algunos movimientos artísticos posteriores y anteriores a la época de ellas, pero no obtuve el éxito deseado de hacerme la importante ya que no me prestaban la menor atención. Sólo les interesaba ver y percibir todo lo nuevo. 
 
     Quedaron  fascinadas  ante las formas y volúmenes  de las esculturas. Evidente. Sólo sabían acerca de algunos cuadros en su sala y ninguna otra cosa aparte de eso. Las esculturas podrían ser a su modo de ver creaciones casi bizarras. Matilde saltó  desde  mis hombros a los de una Venus sin brazos sintiéndose identificada. Gervasia restregaba torpemente su delgada figura contra una estructura metálica rugosa.
 
 
     Después entramos  a las distintas galerías y exposiciones de cuadros del ala renovada  correspondiente al arte contemporáneo. Cada una tomo su rumbo conforme a lo que le interesaba. Pese a eso, yo no las perdía de vista. En efecto eran ellas lo más interesante del museo en cuanto a obras y  yo la única espectadora de esa maravilla. Matilde ya ni se acordaba de sus muñones. Saltaba de un lado a otro, aunque lentamente, devorando cada imagen sin parar de hablar y transmitir. Se mostró sorprendida por lo abstracto. En cambio Gervasia, se dejó arrastrar por los surrealistas.  Hallaba muy inusual que alguien osase pintar cosas así.  "- Se parece mucho a los mundos internos de los cuadros -", fue lo único que dijo.  Y se quedaba pegada (de espaldas claro está) por largo rato observando embriagada estas obras. Se entregó a la experiencia de modo mucho más íntimo que Matilde.
 
 
     Dimos vueltas y más vueltas, hasta que decidimos parar un poco y sentarnos  en la parte superior de la escalinata principal del museo. Ellas se posaron sobre el piso tan planas como eran. Habían pasado al menos un par de horas. El cansancio logró aplacar incluso le verborrea de Matilde.
 
 
    Un poco más tarde, en medio del silencio, se me ocurrió arrojarme cuesta abajo como cuando era chica en el colegio. La sensación de placer producida por el continuo roce de los angulosos peldaños contra mis nalgas no había cambiado a pesar de los años. Sin pensarlo dos veces las muchachas me siguieron.  Gervasia soltaba estruendosas carcajadas y Matilde le hacía dúo con risitas entrecortadas que parecía tragar ahogándose. El asunto se estaba poniendo divertido. Queríamos más.  Me levanté bruscamente, las tomé por una punta  para ahorrar tiempo, subimos y nos volvimos a lanzar. No logro recordar cuantas veces lo repetimos.  Estábamos completamente enajenadas.
   
 
    Un estridente alarido emitido por Matilde, quebró el ciclo. Pensé que algo le pasaba, pero no era ella sino Gervasia: le estaba sangrando la nariz y el lado anverso de su vestido se había manchado. Yo sólo podía apreciar su lado pintado, sin embargo Matilde era capaz de ver  el contenido de la otra parte del lienzo sin pintura. Con la emoción del juego jamás sospeché que Gervasia se estaría deslizando por los escalones  directamente de cara a ellos.
Insistió en seguir el juego. Tratamos de hacerla desistir en su empeño, pero fue inútil.  Aterradas observábamos cómo encarnizadamente, agotada a cada paso más y más por el esfuerzo, subía con dificultad y lentitud las escaleras para luego volver a bajarlas.  Comenzaba a perder el equilibrio y desviando su recorrido, tropezaba con la barandilla emitiendo lastimosos quejidos a cada golpe recibido.
 
-        ¡Basta ya!¿ No ves que te estás destruyendo a ti misma?- le suplicó su compañera.

-      Cállate y déjame en paz... ¡Cobarde!

-      Por favor Gervasia- intervine tratando de mediar la tensa situación - ¿ Es    que acaso no te duele?

-      ¿Tú? ¿ Qué sabes tú  de mi dolor y de mi falsa vida?- agregó con rabia - Déjame vivirlo ahora para recordarlo  al menos como  lo único verdadero y mío que he podido hacer en esta indigna existencia. Total cuando cercada de nuevo por la cárcel  de    Lira vuelva a personificar a su señorita, ¿ quién notará unos cuantos huesos fracturados y un poco de sangre coagulada sobre la seda? Nadie, porque aunque ahí esté no se verá. Por lo tanto, ¿ por qué perder tiempo con lo no visible? Los que se encuentran al otro lado, nunca captarán estas cosas. Tú también cierra la boca y mejor no trates de entender aquello que no eres capaz de sentir...
 
 
Pesadamente cayó sobre el piso.  Me asusté.  Matilde se apresuró a colocarse encima de ella para ver si respiraba y con voz tranquila me dijo que no estaba muerta, tan sólo habla perdido el conocimiento.

-     ¿ Por qué no escapan?- importuné en voz baja Matilde.

-     Porque no existimos fuera del contexto del cuadro- agregó secamente sin muchas ganas de hablar - Cuando estamos largo tiempo fuera nos debilitamos y al escapar, seguramente terminaríamos desvaneciéndonos.
 
-      ¿Cómo saben que sería así? Podría estar en sus manos la llave para crear una vida distinta. Los pintores, el sufrimiento, sus mundos interiores... No sé... Ustedes no están lejos de ser humanas. ¡Tanto miedo! ¡Tanta fatalidad!

-     ¡ Gervasia ya te dijo antes que te callaras!

-       Y a ti  te llamó cobarde... ¡Vamos Matilde, hoy vieron algo nuevo! - volviendo mi mirada hacia Gervasia - Si vinieran conmigo...

-      ¡Ingenua! - interrumpiéndome de golpe - Soy La Viajera de Mori y ella la señorita  de Lira. Nada más. Déjalo hasta acá, ya me cansé de todo esto. Además, no quiero que ella  te escuche hablar de estas cosas... Sólo te pido que no cuentes a nadie lo  que has visto y jamás nos delates.
 
    Fueron sus últimas palabras.  El  helado silencio de Matilde y la claridad de las sombras indicaban que ya era hora de regresar. Comenzaba a amanecer. Imaginé estar viendo la pantalla de mi computadora: “ Game Over. Espere mientras se cierra el sistema. Ahora puede apagar el equipo”.
 
    Creo que Gervasia seguía inconsciente. Al no poder ver su rostro debí suponerlo, pues ella no volvió a moverse. Delicadamente la enrollé sobre sí misma y partimos de vuelta con Matilde nuevamente sobre mis hombros hacia el salón de  Pintura Tradicional Chilena. 
 
    Una vez allí, acomodamos su cuerpo donde tenía que ir en el cuadro; Matilde después de un significativo y simple " adiós", se reincorporó a su lugar. Me percaté que todo estuviese en perfecto orden.  No había vestigios de lo acontecido.  Las obras seguían siendo las mismas.
 
    Decidí esconderme, no deseaba ser vista por nadie al abrirse el museo.  Aún menos líos o cómplices indeseados de mi aventura nocturna. No podía fallarles a las chicas. Logré salir sin llamar la atención.
 
    Unas cuantas semanas después, mientras caminaba por alguna acera santiaguina, me detuve a leer los titulares en un kiosco de periódicos.  En la parte inferior de un diario allí expuesto, se podía leer:
 
" ESCANDALO EN BELLAS ARTES/ ESPECIALISTAS NO LOGRAN EXPLICAR MISTERIOSA DESAPARICION DE  LA MUJER DE "LA CARTA " DE PEDRO LIRA/ EN SU LUGAR APARECE QUILTRO CON EL HOCICO ABIERTO".

Fin
                                                                         Por : Juan Pedro Bernabé Alé
 

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